Hay una brecha que ambos lados sienten. Para una persona joven, terminar sus estudios puede ser el inicio de una etapa llena de expectativas, pero también de una pregunta difícil: ¿Cómo consigo experiencia si las empresas me piden experiencia para contratarme? Al mismo tiempo, las empresas buscan personas que puedan adaptarse, aprender rápidamente y responder a las necesidades reales del puesto. Ahí aparece una brecha entre lo que se aprende durante la formación y lo que el mercado laboral necesita en el día a día.
La experiencia laboral es importante, pero no siempre cuenta toda la historia. Una persona que está iniciando su carrera puede tener conocimientos recientes, facilidad para aprender, iniciativa, capacidad de adaptación, pensamiento crítico o habilidades digitales que todavía no ha tenido la oportunidad de demostrar profesionalmente.
Por eso, al evaluar talento joven también es importante preguntarse qué puede desarrollar una persona, además de qué sabe hacer hoy.
El primer empleo no solo beneficia al candidato. También puede convertirse en una oportunidad para que la empresa forme talento de acuerdo con sus propios procesos, cultura y necesidades.
Esto requiere acompañamiento, expectativas claras y espacios para aprender. Crear ese puente entre jóvenes y empresas no significa eliminar los requisitos de una posición. Significa identificar cuáles son realmente indispensables y cuáles pueden desarrollarse con la experiencia adecuada.
El talento joven no llega terminado. La pregunta es: ¿qué oportunidades está creando su empresa para ayudar a formar el talento que necesitará mañana?
